¡Creo en la vida eterna!

¡Creo en la vida eterna!

¡Creo en la vida eterna!

Teología

Sin  duda, que un tema algo complicado de abordar tanto para la filosofía como para la teología es el de la vida después de la muerte. En el caso de la teología conocemos la realidad de la vida después de la muerte por la revelación, pero aun así no la podemos comprender de una manera clara y total, por las limitaciones actuales de nuestro tiempo y espacio e inclusive del mismo lenguaje que no logra comprender en totalidad estas realidades sobrenaturales. Por tanto, el hilo conductor de este articulo se centrará en considerar lo ya dicho por el Magisterio y la Tradición sobre estas realidades últimas que popularmente se les conocen como postrimerías.

Esta afirmación es tan esencial para comprender el alcance de la esperanza del cristiano de esta realidad última, ya que, en el credo cristiano, se afirma que: el hombre ha sido hecho para la vida, que alcanzará su culmen en la contemplación gozosa de Dios. Este creer en la vida eterna se realiza en la plena libertad del hombre, ya que él, puede aceptar o no este don. Es por eso que se entiende la condenación no como una acción injusta de Dios sino como el “no” del hombre a la autodonación de Dios.

En nuestro contexto actual, y haciendo un balance de la cuestión, nos encontramos con una cultura que no acepta la muerte, que trata de eliminarla de su vida como esa realidad tesionante que es; o  si no se le elimina se le satiriza para hacerla parecer tan débil, y ajena a la vida del hombre. El campo actual de la teologia de la muerte busca acercarnos a la humanización de la muerte nuevamente, no verla como una realidad ajena a la vida del hombre, sino como una realidad tan humana e inevitable para todos, qué hay que enfrentarla con confianza y certeza de que saldremos victoriosos por la gracia de Cristo. Por tanto, un reto para nosotros hoy es humanizar la muerte nuevamente, ya que, su deshumanización lleva a la deshumanización de la vida.

Creer en la vida eterna finalmente, nos sitúa en que seremos juzgados, de una manera personal y colectiva. En la muerte que  pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo (cf. 2 Tm 1, 9-10). Es muy importante entender el juicio final como ese tiempo de la cosecha en el cual, se nos juzgara  de acuerdo a nuestra vida en Cristo. Y entonces, recibiremos el premio o el castigo que libremente optamos. San Juan de la Cruz expresa con una tremenda certeza que en el “en el ocaso de nuestra vida seremos juzgados en el amor”. 

La tradición de la Iglesia al unísono sitúa que el resultado del juicio particular en el cual cada hombre ha de presentarse se resumirá en salvación (cielo y purgatorio) o condenación. Finalmente el juicio Universal será hecho a toda la humanidad, en el cual, todo será recapitulado en Cristo. 

 

CIELO

Es un hecho innegable, tal como afirma el catecismo de la Iglesia Católica que  los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven «tal cual es» (1 Jn 3, 2), cara a cara (cf. 1 Co 13, 12; Ap 22, 4).  Pero para entender esta realidad del cielo y verla de una manera correcta,  es preciso en primer lugar, entender el término «cielo», que refleja de modo natural la fuerza simbólica del «arriba», de la altura, la tradición cristiana se sirve de este término  para expresar la plenitud definitiva de la existencia humana gracias al amor consumado hacia el que se encamina la fe. Entender cielo de esta forma nos orienta a  no  perdernos en fantasías exaltadas sino conocer con más profundidad la oculta presencia que nos hace vivir de verdad y que, sin embargo, continuamente dejamos que nos la tape lo aparente, apartándonos de ella.

El hombre está en el cielo cuando y en la medida en que se encuentra con Cristo, con lo que halla el lugar de su ser como hombre en el ser de Dios. Así que cielo es primariamente una realidad personal que lleva para siempre la impronta de su origen histórico en el misterio pascual de muerte y resurrección.  Entender el cielo como una realidad  de esta forma nos sitúa el aspecto cristológico y eclesiológico del mismo cielo. Ya que en él, se conjugan la victoria de Cristo en su Misterio Pascual y si el cielo se basa en el existir en Cristo, entonces implica igualmente el estar con todos aquellos que en conjunto forman el único cuerpo de Cristo. En el cielo no cabe aislamiento alguno. Es la comunión abierta de los santos y, de ese modo, también la plenitud de todo coexistir humano, plenitud que es consecuencia de la pura apertura al rostro de Dios, y no concurrencia hacia ella.

Antiguamente se hablaba de que el camino al cielo se llegaba de una manera más fácil para determinados estados de vida, hoy la reflexión teológica que hemos madurado paulatinamente por medio del Concilio Vaticano II, nos hace ver que el llamado a la santidad es universal y que Dios en su infinita creatividad suscita caminos que ni nosotros nos imaginamos.

Finalmente, concluimos este apartado  considerando al cielo en cuanto tal, como una realidad «escatológica», en una doble significación, ya que  el cielo es la manifestación de lo definitivo y totalmente otro. Su definitividad procede del carácter definitivo del amor de Dios, amor irrevocable e indivisible. El cielo se nos presenta como realidad o fruto de la gracia y de la libertad  personal, pero también como el fín al que esta llamada toda la creación en la consumación de los tiempos (Parusía).

Esta realidad que conocemos como purgatorio es compleja de entender, ya que no es un inter entre el cielo y el infierno ni mucho menos un estado definitivo del alma que llega a él; la manera correcto de entenderlo es, en primer lugar como lo señala el Catecismo de la Iglesia Católica: como ese lugar de purifición final de los elegidos que es completamente  distinto del castigo de los condenados. los que llegan al purgatorio son los que mueren en la gracia y la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque claro, están seguros de su eterna salvación, por tanto, para ellos el purgatorio se convierte  en una oportunidad de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría o beatitud del cielo.

La existencia de este estado de purificación es ampliamente respaldado por la tradición de la Iglesia y la Sagrada Escritura, la cual, a menudo alude a esté como un “fuego purificador”.

Finalmente como ultima consideración de este estado, la manera de purificarse y por ende, de salir del purgatorio, es por medio principalmente de la Iglesia militante o sea, la Iglesia de todos nosotros, los cristianos de esta época. La Escritura y la Tradición de la Iglesia, nos invitan continuamente a orar por los difuntos. La Iglesia  desde los primeros tiempos, ha honrado y ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio Eucarístico, para que una vez purificados, puedan llegar los difuntos a la visión beatifica de Dios. La iglesia además aprueba y recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia a favor de los difuntos.

INFIERNO

Como ultima realidad o postrimería que hay, está el infierno el cual es consecuencia del  mismo obrar del hombre, que de una manera libre y consciente elige no amar a Dios.  Y no se ama a Dios cuando se peca gravemente contra Él, contra nuestro prójimo o contra nosotros mismos. Esta puntualización ya la había dejado muy clara el apóstol san Juan: “Quien no ama permanece en la muerte. Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna y permanece en él”  (1Jn 3, 14-15).

La Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y  y allí sufren las penas del infierno. El infierno es el lugar del castigo, en el cual, la principal pena estriba en la separación  eterna de Dios, por la propia autoexclusión del hombre que se niega a acoger el amor  misericordioso de Dios y se obstina en el mal camino. 

Finalmente, la invitación que hace la Sagrada Escritura y la Tradición respecto a esta realidad es la de la responsabilidad personal y el llamamiento apremiante a la conversión, ya que Dios no predestina a nadie al infierno, sino que el hombre de una manera aberrante se aleja de Dios hasta el final.

Para el cristiano la vida se presenta como una oportunidad de encuentro con el Señor, no movido por el miedo al infierno, sino por el amor que llama a cada uno a luchar para conquistar el Reino.

Josué Oswaldo Bárcenas Hernández

¿Qué es un año jubilar?

¿Qué es un año jubilar?

¿Qué es un año jubilar?

Evangelización

El pasado 15 de agosto de este año 2018, nuestro Obispo diocesano Don José María de la Torre Martín, decretó un Año Jubilar en nuestra Diócesis, para celebrar el centenario de la llegada de la imagen de “Nuestra Señora de Aguascalientes” Patrona de nuestra Diócesis, a quien todos los fieles le tenemos especial veneración y cariño, el cual se ve manifestado en las celebraciones anuales de la solemnidad de la Asunción. Este Año Jubilar dará inicio el 1 de octubre de 2018 y terminará el 18 de octubre de 2019.

Ante este acontecimiento diocesano, me parece providencial reflexionar sobre lo qué es un Año Jubilar, es decir: ¿Qué significa? ¿Dónde tiene sus orígenes? Es loable destacar la importancia que tiene para la Iglesia la celebración de los Jubileos, pero sobre todo me parece importante tener presente las disposiciones para vivir un Jubileo y poder recibir las indulgencias que se nos conceden en este tiempo de gracia. Teniendo un conocimiento más profundo sobre este tema, estoy seguro que lo podremos vivir de una manera más plena y aprovechar en conciencia todo lo que Dios nos quiere conceder en este año.

La palabra Jubileo proviene del latín iubilaeus y este término a su vez viene del hebreo senat hayyobel que significa “el año del carnero”. El yobel era un cuerno de carnero, el cual resonaba en ocasiones memorables o importantes para el pueblo de Israel, resonaba especialmente cuando era proclamado el año de gracia y liberación, ordenado en el libro del Levítico, y en donde encontramos el origen del año jubilar: “Contarás siete semanas de años, es decir, siete por siete años, de modo que las siete semanas de años sumarán cuarenta y nueve años. El día diez del mes séptimo harás resonar el estruendo de las trompetas; el día de la Expiación haréis resonar el cuerno por toda vuestra tierra. Declarareis santo el año cincuenta, y proclamareis por el país la liberación para todos sus habitantes. Será para vosotros un jubileo: cada uno recobrara su propiedad y cada cual regresará a su familia” (Lv 25, 8-10). 

El año jubilar para el pueblo de Israel era el año de liberación, los que eran esclavos volvían a sus familias; era el año del perdón, todos debían perdonar de las deudas; se vivía realizando otros signos importantes.

 La Iglesia, tomando como modelo el año jubilar judío, instituyó “el Jubileo para la Iglesia, es verdaderamente año de gracia, año de perdón de los pecados y de las penas por los pecados, año de reconciliación entre los adversarios, año de múltiples conversiones y de penitencia sacramental y extrasacramental” (SAN JUAN PABLO II, Tertio millennio adveniente, n.10)

En la Iglesia, se celebró el primer Jubileo en el año 1300. Cuando fue el cambio de centuria mucha gente acudió a Roma a visitar las basílicas, confesaban sus pecados y hacían oración en las tumbas de los Apóstoles, con la intención de comenzar un nuevo siglo libres de pecados; ante este clamor popular, el Papa Bonifacio VIII  proclamó el primer Año Santo de la historia, concediendo la indulgencia plenaria, con la condición de acudieran con toda reverencia a visitar las basílicas romanas, que hubiera un verdadero arrepentimiento de los pecados y confesarlos.

La celebración de los Jubileos la retomaron los siguientes Romanos Pontífices, realizándola cada cincuenta años; pero algunos decidieron que se celebrará cada veinticinco años o bien cada que hubiera algún acontecimiento importante para la vida de la Iglesia. Los últimos Jubileos celebrados en la Iglesia universal fueron el del año 2000, proclamado por el Papa san Juan Pablo II y el Jubileo de la misericordia, proclamado por el Papa Francisco, y celebrado del 8 de diciembre de 2015 al 20 de noviembre de 2016.

Un Año Jubilar es ante todo un año de gracia, “éste es el tiempo oportuno: es el día de la salvación” (2 Co 6,2). Así lo expresa el Apóstol san Pablo. Por eso, cuando se convoca un Jubileo se ofrece a los fieles un “tiempo oportuno”, un espacio de penitencia y de conversión a lo largo de un año; en nuestra Diócesis podemos afirmar con seguridad que se trata de un “tiempo oportuno”, también para pedir a la Madre de Dios, “Nuestra Señora de Aguascalientes”, que interceda por nuestras familias, que aumente nuestra fe, y nos acerquemos y amemos más a su Hijo Jesucristo, nuestro Señor.

Debemos recordar y tener presente que en este año jubilar, podemos obtener la indulgencia plenaria. ¿Qué es la indulgencia? “Es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas disposiciones, consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos” (c. 992 CIC)

¿Cuáles son las disposiciones que se han establecido para obtener la indulgencia plenaria en la celebración de este Año Jubilar?

En el decreto del Año Jubilar, nuestro Obispo ha establecido las siguientes deposiciones:

A. Participando de la Santa Misa ante la imagen de Nuestra Señora de Aguascalientes, o se rece el Santo Rosario teniendo por intención la defensa de la vida y la unidad familiar.

B. Además cumplir las prescripciones de:

  1. Rechazar el pecado con firme propósito de enmienda 
  2. Estar en gracia de Dios 
  3. Recibir la Santa Comunión 
  4. Orar por las intenciones del Santo Padre
  5. Tener la intención de ganar la indulgencia

Así mismo, debemos tener presente que la indulgencia se puede obtener para sí mismo o la podemos aplicar por algún difunto, siempre y cuando se cumplan las disposiciones ya mencionadas.

Finalmente, sólo me resta decir que debemos aprovechar al máximo esta oportunidad que Dios nos regala por medio de la Iglesia y obtener la indulgencia plenaria, y crecer más en el amor y devoción a la santísima Virgen María. Pidamos al Señor que en este año haya muchos frutos espirituales en nosotros mismos y en la Diócesis. 

 

“El Jubileo para la Iglesia, es verdaderamente año de gracia, año de perdón de los pecados y de las penas por los pecados, año de reconciliación entre los adversarios, año de múltiples conversiones y de penitencia sacramental y extrasacramental” San Juan Pablo II

Pbro. Sergio Soto Flores