Dimensiones de la Formación

Son cuatro las dimensiones que interactúan simultáneamente en el iter formativo y en la vida de los ministros ordenados: la dimensión humana, que representa la “base necesaria y dinámica” de toda la vida presbiteral; la dimensión espiritual, que contribuye a configurar el ministro sacerdotal; la dimensión intelectual, que ofrece los instrumentos racionales necesarios para comprender los valores propios del ser pastor, procurar encarnarlos en la vida y transmitir el contenido de la fe de forma adecuada; la dimensión pastoral, que habilita para un servicio eclesial responsable y fructífero. Cada una de las dimensiones formativas se ordena a la transformación del corazón, a imagen del corazón de Cristo, el enviado del Padre…

(Cf. RIFS 89)

Dimensión Humana

La llamada divina interpela y compromete al ser humano “concreto”. Es necesario que la formación al sacerdocio ofrezca los medios adecuados para facilitar su maduración, con vistas a un auténtico ejercicio del ministerio presbiteral. Para este fin, el seminarista está llamado a formar su propia personalidad, teniendo como modelo y fuente a Cristo, el hombre perfecto.

    Una recta y armónica espiritualidad exige una humanidad bien estructurada. Es necesario cultivar la humildad, la valentía, el sentido práctico, la magnanimidad de corazón, la rectitud en el juicio y la discreción, la tolerancia y la transparencia, el amor a la verdad y la honestidad.

  La formación humana, fundamento de toda la formación sacerdotal, promoviendo el desarrollo integral de la persona, permite forjar la totalidad de las dimensiones.

(Cf. RIFS 93 – 94)

Dimensión Espiritual 

La formación espiritual se orienta a alimentar y sostener la comunión con Dios y con los hermanos, en la amistad con Jesús Buen Pastor y una actitud de docilidad al Espíritu. Esta íntima relación forma el corazón del seminarista hacia el amor generoso y oblativo que representa el inicio de la cardad pastoral.

         El centro de la formación espiritual es la unión personal con Cristo, que nace y se alimenta,  de modo particular, en la oración silenciosa y prolongada. Mediante la oración, la escucha de la Palabra, la participación asidua de los Sacramentos, en la liturgia y en la vida comunitaria, el seminarista fortalece su propio vínculo de unión con Dios, según el ejemplo de Cristo, quien tuvo como programa de vida hacer la voluntad de su Padre (cfr. Jn 4, 34).

(Cf. RIFS 101-102)

Dimensión Intelectual

   La formación intelectual busca que los seminaristas obtengan una sólida competencia en los ámbitos filosófico y teológico, y una preparación cultural de carácter general, que les permita anunciar el mensaje evangélico de modo creíble y comprensible al hombre de hoy, entrar eficazmente en dialogo con el mundo contemporáneo y sostener, con la luz de la razón, la verdad de la fe, mostrando su belleza.

         Con dedicación diligente, los candidatos al presbiterado deberán prepararse, a través de las ciencias filosóficas y teológicas, con una buena introducción a la derecho canónico y a la ciencias sociales e histórica, a dar razones de la esperanza (Cfr.1 Pe 3, 15), para favorecer el conocimiento de la Revelación de Dios y conducir a todas las gentes a la obediencia de la fe (Cfr. Rm 16, 26)

(Cf. RIFS 116)

Dimensión Pastoral

 

      Ya que la finalidad del Seminario es la de preparar a los seminaristas para ser pastores a la imagen de Cristo, la formación sacerdotal debe de estar impregnada de un espíritu pastoral, que los haga capaces de sentir la misma compasión, generosidad y amor por todos, especialmente los pobres, y la premura por la causa del Reino, que caracterizaron el ministerio público del Hijo de Dios; actitudes que se pueden sintetizar en la caridad pastoral.

     Toda la formación es de carácter pastoral, pues ayuda al seminarista a adquirir la libertad interior necesaria para vivir el apostolado como servidor, capacitado para descubrí la acción de Dios en el corazón y en la vida de los hombres.

         Durante este tiempo de formación, el seminarista comienza a ejercer la función de guía de un grupo y estar presente como hombre de comunión, mediante la escucha y el cuidadoso discernimiento de la realidad, cooperando con otros y promoviendo la ministerialidad.     

(Cf. RIFS 119)