homilía

DOMINGO IV ORDINARIO  

2 de Febrero 2020

«Bienaventurados los pobres de espíritu…»

Hoy leemos el Evangelio de San Mateo tan conocido para todos nosotros, pero siempre tan sorprendente. Con este fragmento de las bienaventuranzas, Jesús nos ofrece un modelo de vida, unos valores, que según Él son los que nos pueden hacer felices de verdad.
La felicidad, seguramente, es la meta principal que todos buscamos en la vida. Y si preguntáramos a la gente cómo buscan ser felices, o dónde buscan su propia felicidad, nos encontraríamos con respuestas muy distintas. Algunos nos dirían que en una vida de familia bien fundamentada, otros que en tener salud y trabajo, otros, que en gozar de la amistad y del ocio, y los más influidos quizá por esta sociedad tan consumista, nos dirían que en tener dinero, en poder comprar el mayor número de cosas y, sobre todo, en lograr ascender a niveles sociales más altos.

¡La felicidad es la meta principal que todos buscamos en la vida!

Estas bienaventuranzas que nos propone Jesús no son, precisamente, las que nos ofrece nuestro mundo de hoy. El Señor nos dice que serán «bienaventurados» los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de la justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que buscan la paz, los perseguidos por causa de la justicia. (cf. Mt 5,3-11).    

Este mensaje del Señor es para los que quieren vivir unas actitudes de desprendimiento, de humildad, de deseo de justicia, de preocupación e interés por los problemas del prójimo, y todo lo demás lo dejan en un segundo término.    

«Vive con actitud de desprendimiento»

¡Cuánto bien podemos hacer rezando, o practicando alguna corrección fraterna, cuando nos critiquen por creer en Dios y por pertenecer a la Iglesia! Nos lo dice claramente Jesús en su última bienaventuranza: «Bienaventurados serán cuando los injurien, y los persigan y digan con mentira toda clase de mal contra ustedes por mi causa» (Mt 5,11).

San Basilio nos dice que «no se debe tener al rico por dichoso sólo por sus riquezas, ni al poderoso por su autoridad y dignidad, ni al fuerte por la salud de su cuerpo… Todas estas cosas son instrumentos de la virtud para los que las usan rectamente; pero ellas, en sí mismas, no contienen la felicidad».

Para la reflexión

¿Somos capaces de mirarnos al espejo y aceptarnos como realmente somos: vulnerables y débiles? Cuándo nos relacionamos con los demás, ¿sentimos que nos tenemos que defender o nos mostramos como somos? ¿Creemos de verdad en la revolución de las bienaventuranzas?

    

"Al despertar, Señor, contemplaré tu rostro"